¿Qué Vamos A Hacer Con Jesús?

“Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.”

Epístola a los Romanos 10:8b, 9

                                   
En el año 2011 se realizó un cuestionario entre ministros ordenados de la PCUSA, por sus siglas en inglés. Una de las preguntas en el cuestionario, pedía la opinión de ellos en torno al tema de si Jesús era el único camino para la salvación. ¿Sabía usted que sólo el 41% de las respuestas reflejaron estar de acuerdo o firmemente de acuerdo con tal declaración? 45% contestó que estaban en desacuerdo o firmemente en desacuerdo. El resto indicó no tener una opinión clara al respecto.
      
Si un cuestionario de este tipo se hubiese realizado durante los primeros años del desarrollo del cristianismo, ¿cómo pensaría usted que los primeros apóstoles hubieran respondido? ¿Qué pensaría usted que contestaría el creyente común y corriente en aquella época? Yo sí estoy seguro qué contestaría toda esta gente.


Los primeros creyentes, la gente que Dios utilizó para dejarnos el legado maravilloso de su bendita Palabra Escrita, tuvo la oportunidad de responder, no a un cuestionario de opinión pública, sino al hostil cuestionamiento de las autoridades religiosas y políticas de su tiempo. Ante tal cuestionamiento, respondieron con un rotundo: Jesucristo es el Señor. Con ello implicaban su confianza total en que Jesús era el enviado del Padre, el Mesías esperado, el único Camino al Padre; es decir Dios mismo encarnado, que murió y resucitó por nuestra redención. ¿Qué piensa usted que dirían ellos sobre ese porciento tan alto de ministros que no creen en Jesús como el único camino? Pero, más aún, ¿qué diría Dios mismo sobre tales personas? Y usted, ¿qué tiene que decir? ¿Qué vamos a hacer con Jesús?

¿Qué Necesitábamos?

Si nuestra mayor necesidad hubiera sido información,
Dios nos hubiera enviado un educador.
Si nuestra mayor necesidad hubiera sido tecnología,
Dios nos hubiera enviado un científico.
Si nuestra mayor necesidad hubiera sido dinero,
Dios nos hubiera enviado un economista.
Si nuestra necesidad mayor hubiera sido placer,
Dios nos hubiera enviado un comediante.
Pero nuestra mayor necesidad fue el perdón,
¡Así que Dios nos envió un Salvador!


Lecturas

domingo, 10 de agosto     II Corintios 16:7-14
lunes, 11 de agosto     I Corintios 9:19-27
martes, 12 de agosto    I Tesalonicenses 4:13-17
miércoles, 13 de agosto     Éxodo 15:22-27
jueves, 14 de agosto     Juan 21:15-17
viernes, 15 de agosto     Hechos 28:1-10
sábado, 16 de agosto     Efesios 5:1-5

Amar Con Dolor

“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne;”
Epístola a los Romanos 9:1-3
                                   
Leí de un joven que estaba decidido a ganarse el amor de una joven rehusada, incluso a dirigirle la palabra. Decidió que la forma de ganarse su corazón era por el correo, así que comenzó a escribirle cartas de amor. Todos los días escribía una carta de amor a esta joven. Seis, siete veces a la semana ella recibía una carta de amor de él. Cuando ella no respondió, él aumentó el número a tres notas cada 24 horas. En total, le escribió más de 700 cartas. ¿Qué sucedió? Que la joven terminó casándose con el cartero.

Creo que lo que este joven sentía por aquella muchacha no era necesariamente amor; más bien rayaba en la obsesión. Por otro lado, sí creo que hay amores que producen profundo dolor. Una expresión nuestra lo recoge muy bien, cuando dice que hay amores que matan.


El texto para el día de hoy en los primeros cinco versículos del capítulo nueve de la Carta a los Romanos, nos presenta algo que podría denominarse como un amor que produce dolor. Allí, el apóstol nos comparte el profundo sentimiento de pena que le inunda a causa del claro rechazo que mostraron sus hermanos judíos a la oferta del anuncio del evangelio de Jesucristo. Todo esto nos debe llevar a reflexionar sobre una realidad que, con toda probabilidad, nos toca a todos. Ésta es: ¿Qué hacemos cuando una persona que amamos rechaza el evangelio o la obediencia que el mismo exige? Ante una situación tan penosa como ésta, nos preguntamos: ¿qué debemos hacer? La respuesta no es fácil, pero sí es clara. La responsabilidad por tal actitud de rechazo no es de Dios, es de las criaturas. ¿Vamos a cambiar el contenido del mensaje, a fin de acomodarlo a las demandas de aquellas personas a quienes amamos? La respuesta es un contundente NO. Como Pablo, oraremos para que Dios les conceda arrepentimiento. Mientras tanto, les seguimos amando con dolor.