“Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide
llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz
de toda la tierra.”
Libro del Génesis 11:4
Un labrador recorría, con su hijo,
los campos de trigo para ver si ya estaban maduros. “Padre, ¿por qué algunas
espigas de trigo están inclinadas hacia el suelo y otras parecen tener la
cabeza erguida? Seguro que estas últimas deben ser las mejores. Las que están
inclinadas no deben servir para nada.” – comentó el niño. El padre, tomando en
sus manos una de las que estaban inclinadas, le dijo: “¡Fíjate, hijo! Esta
espiga, que tan modestamente se inclina, está llena de semillas; pero esta otra
que se levanta con tanto orgullo en el trigal, está totalmente vacía y seca.
Ésta es la que no sirve.”
Hoy celebramos el domingo de
Pentecostés. Esta fiesta cristiana tiene sus orígenes en la celebración del
Pentecostés judío. Allí, se conmemoraba la entrega de la Ley, que servía como
la guía de Dios para su pueblo, justamente 50 días después del éxodo de Egipto.
Tras la resurrección y ascensión del Señor, el día de Pentecostés Dios envió la
promesa del Espíritu Santo para darle valor a la iglesia para testificar de Él.
En esa ocasión, Dios le concedió, a los seguidores suyos, la capacidad de
hablar sobre sus maravillas en otros idiomas; de forma tal que todos pudieran
entender el mensaje en su propia lengua.
El marco de referencia, en el
Antiguo Testamento, para esta manifestación extraordinaria dada por Dios se
encuentra en Génesis 11:1-9. Allí, Dios confundió el soberbio intento humano de
hacerse un nombre; con su implicación lógica de rebelarse contra la soberanía
de Dios. Por esa razón Dios les confundió y frustró sus intenciones. En el
Pentecostés cristiano, Dios concede poder para testificar a todos los creyentes
que han sido sometidos a su soberanía. En ese lado vivimos los que creemos en
Cristo Jesús