Un Modelo a Imitar

“Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros,… acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo.”

1ra Epístola a los Tesalonicenses 1:2,3


Se cuenta que una niña que vivía con sus hermanitos en los suburbios de una gran ciudad, en una casucha desordenada y sucia, cruzaba con frecuencia por una plaza donde había una estatua  que representaba a una señorita. La escultura era preciosa, tenía una hermosa faz, los cabellos rizados aparecían bien peinados y su vestido lucía con pliegues muy bien planchados. La niña estaba prendada de aquella fascinante figura de piedra y pasaba largos ratos contemplándola.

Un día, al llegar a su casa, se miró en un viejo espejo y se vio tan diferente a la señorita de la estatua que ella admiraba tanto, que repentinamente fue a lavarse y peinarse, imitando su admirado modelo. Poco después, hizo lo mismo con su descuidado vestido, lavándolo y planchándolo. Seguidamente hizo lo mismo con sus hermanitos. Más tarde, viendo el contraste entre sus personas y el descuido y desorden que reinaban en el cuarto, empezó a ponerlo todo en orden, hasta que quedó completamente transformado. Todo sucedió como resultado de la admiración a lo bello y limpio que la atrayente y estimulante figura había despertado en su corazón.


La iglesia que el apóstol Pablo fundó en Tesalónica parece haber caído en boca de todos. Su buena fama llenaba de satisfacción y aliento a su padre y fundador. La obra de su fe, el trabajo de su amor y su constancia en la esperanza en el Señor se habían hecho notorias. Definitivamente eran un modelo a imitar. Hoy, se podría decirse lo mismo de nuestra congregación. Sin embargo, necesitamos vivir conscientes de que aún no hemos llegado a ser lo que nuestro Modelo desea que lleguemos a ser. ¡Que Dios nos mueva a aspirar aún  más alto!

Las marcas de la verdadera Iglesia

“Pero enseñamos que la verdadera iglesia es aquella donde se encuentran las señales o marcas de la Iglesia verdadera, especialmente la predicación legítima y sincera de la Palabra de Dios como nos fue entregada en los libros de los profetas y de los apóstoles. En conjunto, ellos nos guían a Cristo.”*           
                       

*La Segunda Confesión Helvética, capítulo XVII.11

La Necesidad de Perseverar

Cada agricultor conoce bien el hambre voraz de la selva o del desierto. Esa hambre que ningún método ni maquinaria agrícola antigua o moderna ha podido controlar o eliminar completamente. No importa cuán preparada esté la tierra, cuán altas y sólidas sean las vallas protectoras, cuán pintados y conservados se hallen los edificios; en cuanto que el propietario se descuida un poco corre riesgo de que sus valiosas tierras y propiedades sean invadidas y devoradas por la jungla o el desierto. La tendencia de la naturaleza es hacia lo salvaje o inhóspito, no hacia los campos fructíferos.

El corazón negligente, la vida con vallados que se desmorona poco a poco, pronto será invadido y tragado por el mundo y el caos prevalecerá. Por eso no sólo hay que arrepentirse, hay que estar en permanente proceso de reconstrucción. ¡Perseverar siempre! ¡Nunca abandonar!


Lecturas

domingo, 19 de octubre     Mateo 15:1-11
lunes, 20 de octubre   Efesios 5:15-21
martes, 21 de octubre      Oseas 11
miércoles, 22 de octubre     Lucas 15:3-7
jueves, 23 de octubre     Lamentaciones 1:12-16
viernes, 24 de octubre     I Juan 2:12-17
sábado, 25 de octubre     Hebreos 12:1-11